
Entre la pegajosa humedad de la vereda
Y la monocorde marcha indiferente
de la calle Talcahuano,
un pedido ajeno
se entremezcla con mis pasos.
Más el apuro de llegar a mi oficina
no me evita descubrir
su desamparo
“Una moneda, señora”
reclama un niño descalzo,
jinete de trenes,
mendigo del viento,
escoltado por un perro solitario
que persigue su errante sombra
con olor a barro y paco.
Entonces mi apuro se empantana,
Y recuerdo
el carísimo disfraz innecesario
que acabo de adquirir
para otro pequeño,
con otra suerte
en un shopping de Altos.
Un sándwich y una leche tibia
le compro, para que al menos hoy
desde la ingenuidad de sus cortos años,
conquiste un mediodía diferente
menos hostil, menos amargo…
Sus ojos de cometa, se preguntan
si otra vez estará soñando…
Y su mano helada,
me ofrece a cambio
la estampa salvadora
del santo de los milagros.
Retomo la vuelta
a mi equipada prisión
de último confort
y el callejero corre
y se atrinchera
a la vera de un volquete.
Rodeado por tres como él
corta el botín
en cinco trozos,
como quien parte el pan
en el altar del hambre,
para los otros y para él
y su perro desgarbado,
aquel que por las noches
aplaca el frío y el estómago vacío
y lo hace sentir único y soberano.
No me siento mejor
ni más buena,
ni más humana.
Por el contrario, la bronca
se me atora en la garganta
junto al grito de tantos invisibles
que se ahogan en la urgencia del hoy
sin respuestas ni amparos;
mientras me estalla la conciencia
por los trece millones de pobres,
en trece millones de pedazos
y me vuelve la piel, el latido
y las ganas de hacer “algo”.
Anabella González Tassara